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El compromiso personal conduce al bien público
La genetista molecular Marilyn
Warburton llegó al CIMMYT en 1998 con una meta: desarrollar métodos en gran
escala para realizar el fingerprinting del trigo y el maíz (véase “¿Qué es el fingerprinting
genético?”). Cuarenta años antes, Hermann Eiselen estableció
lo que iba a ser su misión de toda la vida: un compromiso de combatir el hambre
mediante la investigación. Los caminos de estas dos personas se cruzaron en un
proyecto del CIMMYT sobre la caracterización genética del trigo.
El fingerprinting genético en gran escala
se convierte en una realidad
Warburton y David Hoisington, director
del Centro de Biotecnología Aplicada (ABC) del CIMMYT, tenían varias razones
para querer efectuar fingerprinting en gran escala del trigo y el maíz en el
CIMMYT. Esta capacidad proporcionaría a los investigadores nuevos conocimientos
sobre los antepasados de las miles de líneas, variedades y razas criollas que
emplean en su labor. Tendrían una nueva clave para determinar si estaban
presentes los genes deseables que buscaban. Podrían incorporar esos genes con más
rapidez en variedades nuevas y asegurar que las variedades nuevas fueran genéticamente
diversas. El fingerprinting también ayudaría a los curadores de los bancos de
germoplasma a recolectar y mantener con más eficiencia los recursos genéticos.
El ABC podía seleccionar unas cuantas
docenas de variedades al mes. La meta era seleccionar cientos. “Dado el tamaño
de nuestras colecciones de semilla”, dice Warburton, “a la gente no le
interesaba efectuar el fingerprinting de sólo unas cuantas variedades. Necesitábamos
desarrollar la capacidad de efectuarlo en grandes cantidades para responder a
las necesidades del CIMMYT”.
Pronto se obtuvo financiamiento para
elaborar protocolos para el maíz, principalmente de la Agencia Alemana para la
Cooperación Técnica (GTZ), el Instituto Nacional de Investigación Agronómica
(INRA) de Francia y PROMAIS (un consorcio de empresas privadas francesas). No se
contó con un apoyo similar para el trigo.
Apareció entonces Hermann Eiselen,
cuya familia ha apoyado la investigación en la Universidad de Hohenheim,
Alemania, en los últimos cuatro decenios. La mayor parte de esta filantropía
se ha orientado a estudiantes interesados en aplicar la ciencia al desarrollo
internacional, en particular en las ciencias agrícolas y la nutrición. Hace 20
años, la familia delegó estas tareas en la Fundación Eiselen, donde Hermann
es Presidente del Consejo Directivo.
Cómo se obtuvieron los
fondos
Por conducto del profesor Albrecht
Melchinger, de la Universidad de Hohenheim, Eiselen se enteró de la situación
del CIMMYT y buscó apoyo a través de la GTZ y su propia fundación. El interés
de Eiselen en el proyecto del trigo puede haber sido estimulado por el hecho de
que la fortuna de su familia provino de productos de la industria panificadora (su
afecto por el pan y la panadería se ha manifestado en el Museo del Pan en
Stuttgart, Alemania, fundado por su familia).
“La biotecnología es una de las
ciencias fundamentales para aumentar la producción agrícola con el fin de
aliviar el hambre en el mundo”, dice Eiselen. “Siguiendo mi iniciativa, el
gobierno alemán entró en la primera y, hasta donde sé, la única asociación
entre el sector público y el privado que ha hecho el país en la ciencia agrícola
orientada al desarrollo, este proyecto conjunto entre el CIMMYT y el Instituto
de Fitomejoramiento de Hohenheim. Estoy orgulloso de que mi fundación sea una
de las pocas instituciones privadas de Europa que aborda el problema de la
seguridad alimentaria del mundo promoviendo la investigación científica y es
mi gran deseo que otros organismos sin fines de lucro hagan lo mismo”.
Manos capaces para
iniciar un proyecto nuevo
El proyecto de tres años se inició
en 2000. Susanne Dreisigacker y Pingzhi Zhang, estudiantes de doctorado en
Hohenheim, llegaron al CIMMYT con el propósito de comenzar a desarrollar un método
de fingerprinting en gran escala para el trigo. Era una tarea intimidante.
“En primer lugar, teníamos que
identificar marcadores que nos permitieran abarcar todo el genoma”, dice
Warburton. “Queríamos por lo menos dos marcadores por cada brazo cromosómico
para cada uno de los 21 cromosomas del trigo”. El trabajo se complicaba por el
hecho de que el “genoma” de trigo en realidad está constituido por tres
genomas similares pero no idénticos, lo que significa que los marcadores tenían
que ser específicos para cada genoma.
“Los estudiantes y yo examinamos más
de 200 marcadores SSR. Al final nos quedamos con aproximadamente 84, el número
requerido, si bien todavía teníamos sólo un marcador para algunos brazos
cromosómicos”. La tarea se complicó por la escasez de buenos marcadores en
el sector público. Las negociaciones con Dupont permitieron obtener algunos
marcadores más efectivos, que se pondrán a disposición del público al
finalizar el año.
El siguiente paso consistía en
identificar marcadores que pudieran ser pasados en el mismo gel. (Si los
diversos marcadores se registraban en el mismo lugar en el gel, sería difícil
distinguir unos de otros.) Por último, había que adaptar el software para
“evaluar” los marcadores, lo cual indicaría a los científicos qué
secuencias de genes estaban presentes en la variedad o línea ensayada.
Una vez seleccionados los marcadores y
establecidos los protocolos, Warburton y los estudiantes analizaron cientos de líneas
de trigo. Examinaron trigos importantes del CIMMYT para determinar si con el
tiempo aumentaba o disminuía la diversidad genética. En comparación con los años
70, los trigos actuales tienen más diversidad genética, lo cual indica que los
mejoradores están usando nuevas fuentes de variación y que no existe una
amenaza inminente de reducción de la diversidad. Se obtuvo mucha información
útil, pero el mayor impacto hasta el momento ha sido en la recolección de
razas criollas y las estrategias de almacenamiento en el banco de germoplasma (véase
“El fingerprinting produce
resultados sorprendentes”).
En junio pasado, los estudiantes
regresaron a Hohenheim para completar sus análisis y escribir sus tesis. “Es
triste perderlos a ellos y a sus habilidades”, reflexiona Warburton, “porque
ahora que tenemos todos los datos comienza lo más emocionante. Nuestra relación
fue transformándose desde una tutoría a una relación de equipo durante esos
dos años. Al concluir el segundo año, ya me enseñaban mucho y probablemente
conocían el secuenciador mejor que cualquier otra persona del laboratorio”.
Hermann Eiselen no podía haber
esperado más.
Si desea
mayor información, diríjase a:
Marilyn Warburton
(m.warburton@cgiar.org)
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August, 2004
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