Innovación en Saraguro:
Poca inversión, grandes impactos

Literalmente, los indios saraguro han ganado una ardua batalla para lograr la seguridad alimentaria, gracias a unos cuantos elementos innovadores fundamentales.

Dispersas en los Andes al sur de Ecuador, entre los 2,000 y los 3,500 metros sobre el nivel del mar, se encuentran las comunidades de los indios saraguro, quienes han subsistido en esa zona desde que los incas los trajeron de la vecina Bolivia, hace más de cinco siglos.

A primera vista, las pendientes parecen demasiado escarpadas para sembrar, pero en todas partes hay campos verdes y a veces se pueden ver vacas u ovejas pastando, como si una mano gigantesca las hubiera fijado a las laderas de las montañas para que no rueden. Si bien son hermosos, estos picos y valles están cubiertos por una fina capa de suelo que en el pasado no era muy productivo. La escasa producción agrícola ponía en riesgo la subsistencia de las familias cada año. Doña Lucrecia Espinoza, una agricultora de la aldea de Selva Alegre, recuerda: “Cada año había por lo menos un mes, al que llamábamos el mes del hambre, en que se agotaban nuestras reservas de grano antes de que pudiéramos cosechar el nuevo cultivo”. A causa de los caminos en mal estado y la gran distancia que los separa de Quito, la capital de Ecuador, los agricultores quedaban excluidos de la mayoría de los programas gubernamentales.

El camino comienza con
sólo un agricultorr

En 1995, la tecnología agrícola mejorada comenzó a llegar poco a poco a Saraguro por conducto de un modesto proyecto destinado a ayudar a los agricultores a ensayar variedades nuevas de cebada, uno de sus principales cultivos alimentarios. Se introdujeron dos variedades nuevas llamadas Shyri y Atahualpa, que fueron desarrolladas por el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIAP) de Ecuador y el Programa de Mejoramiento de Cebada para América Latina del ICARDA/CIMMYT, bajo el liderazgo de Hugo Vivar, con sede en el CIMMYT. Las variedades nuevas eran resistentes a las enfermedades y podían rendir mucho más que las variedades que ya se cultivaban en la región.

La labor en Saraguro la han realizado conjuntamente el CIMMYT y el INIAP, que asignaron al proyecto a los mejoradores Jorge Coronel y Oswaldo Chicaiza, organizador, éste último, de las actividades durante varios años. Coronel pidió al sacerdote de la localidad que anunciara en la misa del domingo que los investigadores estaban buscando agricultores para sembrar variedades mejoradas. Un solo agricultor, Abel Gualán, aceptó ensayar la cebada nueva. Gualán recibió una bolsa de semilla y algo de fertilizante para sembrar. “Uno meses más tarde cosechó ocho veces más grano que sus vecinos”, narra Coronel.

Al año siguiente, varios agricultores estaban ansiosos por probar la semilla nueva. Coronel les propuso un trato: podrían obtener una bolsa de semilla y algo de fertilizante a crédito. Como la mayoría de los agricultores nunca habían obtenido créditos, se mostraron recelosos, pero Coronel les explicó que no tenían que pagar el préstamo en efectivo sino con el grano que cosecharan. Trece agricultores aceptaron y ninguno tuvo problemas para pagar el préstamo.

Después de nueve años, el proyecto ayuda a más de 3,000 agricultores de 17 comunidades. Los rendimientos medios de cebada en las comunidades (2.8 toneladas por hectárea) son los más altos en América del Sur después de los de Chile (3.5 toneladas por hectárea), donde los recursos son mucho más abundantes. Los saraguro tienen suficientes alimentos cada año y la mayoría de los agricultores cuenta con un excedente para vender. Doña Lucrecia comenta: “Hoy en día, si la gente no tiene harina de maíz, cebada y trigo y papas para comer, es porque simplemente es perezosa”.

Ampliar las opciones
de los agricultores

Ahora que no tienen que preocuparse por la seguridad alimentaria, las comunidades por su cuenta han comenzado a ocuparse de otros problemas. Las personas de Selva Alegre recientemente unieron sus recursos para excavar pequeños embalses en lo alto de las montañas, donde almacenan el agua de arroyos y de lluvia. Conectaron varios kilómetros de tubería de plástico para llevar el agua hasta sus campos y con este nuevo sistema pueden sembrar dos cultivos al año. La próxima meta es abastecer de agua corriente a las 36 familias de Selva Alegre. Los habitantes de Seucer, el lugar más seco de la zona, excavaron un embalse en la cima de un monte, pero no han reunido fondos suficientes para comprar los tres kilómetros de tubería que necesitan para llenar el embalse y canalizar el agua hacia sus campos.

El proyecto también les ha hecho percatarse de la necesidad de conservar y mejorar el suelo. Los preocupados agricultores han comenzado a rotar cebada, maíz, trigo, triticale o papas con frijoles, chícharos y otras especies que fijan el nitrógeno. Los líderes locales, como don Lucho García, de Selva Alegre, están ensayando la labranza cero. Vivar y Coronel promueven la formación de terrazas naturales con gramíneas que fijan el suelo, como una forma de evitar la erosión.

Los saraguros se interesan cada vez más en opciones nuevas. En respuesta a su solicitud de versiones mejoradas de otros cultivos, el INIAP seleccionó y lanzó Cotacachi, un trigo de alto rendimiento proveniente del CIMMYT y bien adaptado al ambiente inhóspito de altitud elevada de Saraguro. Los agricultores también siembran una variedad mejorada de papa proveniente del Centro Internacional de la Papa (CIP). La variedad es resistente al tizón tardío de la papa, una enfermedad importante en la región.

Las mujeres de Selva Alegre mejoran la nutrición familiar diversificando las legumbres que cultivan en sus parcelas familiares y han aprendido a preparar una amplia gama de alimentos con cebada y maíz gracias al adiestramiento proporcionado por el INIAP.

A man had ridden all night from his remote village for some of the barley seed that could be gotten just on the strength of one’s signature.

El secreto del éxito

“El éxito en Saraguro es resultado de una combinación de factores: los agricultores mismos, los líderes, el coordinador del proyecto y la tecnología”, señala Vivar. “El hecho de que se pagaran los préstamos en especie y no en efectivo, fue fundamental.” En los últimos nueve años, las condiciones económicas en Ecuador han fluctuado mucho —hasta la moneda ha cambiado, del sucre al dólar— pero nada de esto afectó la capacidad de los agricultores de pagar los préstamos”. El trabajo en comunidad en las aldeas es lo que funciona bien en el proyecto: en cada una, un agricultor distribuye semilla y anima a los demás a ensayar nuevos cultivos y prácticas. Y es así como estos líderes, hombres y mujeres muy respetados, ponen el ejemplo de trabajar con ahínco, de colaborar y de abrirse a nuevas ideas.

Doña Carmen Sanmartín es la lideresa de la comunidad La Papaya, donde vive con su esposo y sus nueve hijos. Alta y enjuta, es infatigable en el hogar y en el campo. Fue una de las primeras personas que sembró una variedad nueva de maíz traída de Bolivia. Llamado maíz con calidad de proteína (QPM), este tipo de maíz podría mejorar la ingesta proteínica, sobre todo de los niños y los animales de las fincas.

Patricio Ordóñez, de San Pablo de Tenta, comenzó a colaborar con el proyecto hace unos años. Hace poco, lo despertó temprano una mañana un hombre que había cabalgado toda la noche desde su remota aldea. El hombre venía en busca de la semilla de cebada que se podía obtener con sólo una firma.

Ordóñez entregó semilla y fertilizante a crédito a un total desconocido, lo cual contrasta con la respuesta usual en un lugar donde la gente ni siquiera lo escucha a uno a menos que conozca a alguien. Haciendo honor a esta confianza, los participantes en el proyecto tienen excelentes antecedentes de pago de sus préstamos.

Una inversión muy productiva

Los buenos resultados del proyecto se han obtenido con un presupuesto muy reducido. Al principio y durante un año casi no había dinero en efectivo, pero actualmente el proyecto cuenta con un presupuesto de US$ 20,000 anuales. Entre los patrocinadores se cuentan la Universidad Estatal de Oregon, la Universidad Estatal de Colorado, el CIMMYT, el ICARDA, el Centro de Desarrollo de Cultivos Básicos de Alberta, Canadá, el Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria de España y PREDUZA (una OSC patrocinada por los Países Bajos). La operación con un presupuesto tan escaso ha sido posible gracias a los bajos costos locales y a la eficiencia con la que se maneja el proyecto. Sin embargo, la falta de fondos impide trasladar el proyecto a otras zonas también agobiadas por la pobreza.

Existe una gran inquietud respecto a lo que sucederá una vez que concluya el proyecto. Por su parte, Vivar y Coronel están tratando de establecer cooperativas, por ejemplo, para producir y vender semilla o criar ganado destinado al mercado local. En ésta y otras formas esperan que Saraguro mantenga su recién lograda seguridad alimentaria por un largo tiempo.

Para más información: 

 

Jorge Coronel: comprometido
con la comunidad

Jorge Coronel, el agrónomo del INIAP que es el pilar del proyecto, está totalmente comprometido con la gente de Saraguro. Su función va más allá de la transferencia de tecnología, ya que como conoce a todo el mundo, se ha convertido en parte integral de la comunidad y proporciona una amplia diversidad de servicios. Los fines de semana, cuando regresa a reunirse con su familia en Biblián, cerca de la ciudad de Cuenca, se lleva una larga lista de artículos que no se consiguen en el lugar, desde implementos agrícolas hasta medicinas, que la gente le pide que compre.

Como no hay hospital ni ambulancia en las pequeñas aldeas y la camioneta del proyecto es uno de los pocos vehículos existentes en la zona, Coronel también traslada personas al hospital en la ciudad de Saraguro cuando hay una emergencia. Si alguien muere, por lo general él consigue el ataúd. Todos los días, cuando va de una aldea a otra, las personas lo esperan junto a la carretera para que los lleve. No es raro ver la camioneta llena de hombres, mujeres, niños, animales de las fincas, perros y hasta pequeña maquinaria agrícola y motocicletas.

Coronel pasó seis meses en el CIMMYT en México en 1991, y atribuye a la forma de trabajar de este Centro lo que ha logrado en Saraguro: “Las personas que han estado en el CIMMYT por lo general tienen algo en común: su dedicación y disposición a hacer lo que se requiera para cumplir la tarea.”

 

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Febrero, 2004